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miércoles 23 de noviembre de 2011

CRISIS & HUMANISMO

Recientemente leía las declaraciones de dos altos dignatarios de los EE.UU y me llamarón la atención ambas. Una por humanista y ética, la otra por nefasta y abominable. Por un lado el gobernador de Oregón, John Kitzhaber, suspendía la pena de muerte en su estado, por considerarla moralmente equivocada, de paso suprimía la ejecución, en los próximos días, de un condenado. Por otra parte el aspirante republicano favorito a la presidencia, Newt Gingrich, defiende a ultranza el que los niños mayores de 9 años de familias pobres trabajen. Estima que también en los colegios las tareas de limpieza las debieran realizar los propios alumnos.

Todo esto me da pie para el presente artículo y reflexionar brevemente sobre la crisis y el humanismo. Porque en efecto, actualmente hay una gran crisis económica, pero la misma es muy pequeña si la comparamos con la actual crisis de humanidad. La económica se puede restañar en dos días; basta un pequeño decreto; una mínima decisión de los amos del mundo; un gesto de los grandes especuladores... pero la crisis humanista, esa no se soluciona tan fácilmente. Cuando la persona se desmorona en su interior; cuando se pierde la consistencia de lo que es la persona; cuando no se sabe distinguir entre el bien y el mal; cuando todo es relativo; cuando la bioética no existe; cuando la gran crisis es de valores esenciales, espirituales, de convivencia... entonces todo se complica. No se pueden cambiar conductas ni pautas de comportamiento así como así, porque llegar a esa situación fue una decadencia permanente a lo largo de los años, décadas... Y décadas se tardará en volver a construir un edificio bien armado, si es que se consigue.

¿Quién da hoy testimonio de la moral o de la ética con su vida? ¿Cuántos aceptan que las riquezas materiales no son lo imprescindible ni esencial? ¿Cuántos batallan contra la marginación social, en pro de la tolerancia, de la convivencia? Y así llego a la conclusión que la mayoría de los habitantes de este mundo vivimos un exilio, quizá de los siete mil millones de personas que ocupamos la tierra, no haya nadie que escape a ese exilio, ni ricos ni pobres. Los pobres por estar sumidos en la indigencia e indignidad más absoluta. Los ricos porque son pobres de ideas y vacíos de necesidad, amor y entrega. Y finalmente la gran clase media de los países occidentales, del norte, emergentes, que están entre ambas realidades, son simples muñecos de feria que se dejan llevar, en el mejor de los casos, por la sensiblería y sentimentalismo hacia los pobres por quienes no mueven un dedo y por otro lado hacia la lejana aspiración de escalar socioeconómicamente puestos inalcanzables; bien jugando exacerbadamente a cualquier juego de azar, bien practicando la corrupción o ejercitando cualquier diablura que les permita tener más. Cierto es que hay también un número de personas que acompañan este éxodo ofreciendo agua a los sedientos y parte de su tiempo a los necesitados, pero es una minoría tan irrelevante que apenas se percibe, aunque en cualquier caso es ineludible y necesaria para que resucite el antagonismo de las tiranías y las miserias, para que hagan pensar en lo realmente necesario, en lo importante, en la vida con mayúsculas, en detener la autodestrucción social que avanza desmedida.

Nadie habla de la crisis humanista, que por cierto es la que ha dado origen a la gran crisis económica, tan sólo de las primas de riesgo y otras zarandajas. Espero y deseo que pronto se dé comienzo a la corrección de esta crisis humanista y de vida interior, puesto que mucho me temo que en caso contrario la corrección llegará algún día por la vía de la indignación social y la rebelión profunda y posiblemente violenta de las minorías.

Jesús Gil Benítez