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martes 7 de junio de 2011

DIVORCIO... EGOISMO..,. HEDONISMO...

Quizá, algunos de los aspectos más difíciles a lo largo de la vida de una persona, sean las relaciones personales; no porque estas sean difíciles en esencia, sino porque frecuentemente anteponemos nuestros propios intereses a los de otros. Tenemos tendencia a ser intolerantes, exigir que nuestros criterios prevalezcan, a no reconocer nuestros errores; a ser tremendamente exigentes, a pretender alcanzar una meta, un propósito caiga quien caiga y cueste lo que cueste; somos insensibles ante el dolor ajeno, al sufrimiento de quien tenemos enfrente; a veces nos burlamos de quien llora, sin preguntarnos el porqué de sus lágrimas. Anteponemos nuestra propia conveniencia a la de los demás, somos capaces de sacrificar el bienestar de otros a fin de no perjudicar en modo alguno el nuestro; somos incapaces de compartir las cosas buenas de las que disponemos o tenemos a nuestro alcance, tanto materiales como inmateriales. Somos insolidarios, incapaces de compartir nuestro tiempo con los demás, de tener capacidad de adaptación, de participar afectivamente en la realidad y vida de otra persona... En resumen nos falta amor, nos sobra indiferencia y egoísmo, necesitamos más salir de nosotros mismos, no mirarnos tanto en el espejo ni observar nuestro ombligo; se requiere que nos volquemos en quien tenemos al lado, que siempre estemos o finjamos estar alegres para hacer felices a los demás, que seamos capaces de observar cuál es la necesidad del otro, que consideremos a cualquier ser humano, como parte integrante de nuestro propio ser, con sus peculiaridades, excentricidades, rarezas, manías, defectos...


Pero la gran desgracia es que no queremos cambiar, seguimos así, y es más en declive, perdiendo valores humanos, sociales y éticos a los cuales se les considera decadentes y ocurre lo que siempre ocurrió y que cada vez es más patente y extensible: Que nuestro individualismo y egolatría nos hace tener menos relaciones personales y que las mismas sean menos fructíferas. El divorcio no se circunscribe al aspecto de disolución del contrato matrimonial. El divorcio es simplemente ruptura. Dice María Moliner en su excelente diccionario que además de esa acepción, divorcio es el desacuerdo total en opiniones, deseos, etc. entre personas que viven, trabajan juntas...


Y es que llegar a un acuerdo supone hacer el esfuerzo de querer y saber que se ha de renunciar a algo, de nuestras comodidades, de nuestros estatus, de nuestros criterios, de nuestras posiciones personales, de nuestras opiniones y así de un larguísimo etcétera. Pero esto es algo a lo que no estamos dispuestos a renunciar. Porque nunca nos educaron para renunciar, más bien para exigir y conseguir. La renuncia bajo mi punto de vista es la virtud por excelencia, la virtud de virtudes. ¡Claro!, que hablar hoy de virtudes es altisonante, podría parecer cursi y decimonónico. Pero yo me mantengo en que la virtud o si lo queremos llamar la moral, honestidad, generosidad, bondad... que es lo contrario de la maldad, la jactancia, la indecencia, la corrupción... es más actual que nunca y sería el bálsamo que posiblemente sanaría una gran parte de las heridas y males de esta sociedad en la que actualmente vivimos.


Lo habitual es considerar al placer como fin de supremo de la vida y por el contrario y en mi modesta opinión, uno de los fines más supremos de la vida es servir, servir a los demás.


Por tanto se producen millones de divorcios, entre matrimonios, parejas de cualquier índole, amigos, hermanos, padres e hijos, compañeros de trabajo, vecinos... soportarse, admitir a los otros como son, no buscar en los demás a nosotros mismos es quizá demasiado. Es muy curioso que presumamos con frecuencia de tolerantes de permisivos de respetuosos con todo y con todos, pero de repente ante una respuesta incorrecta, ante un desplante, ante algo que nos parece pernicioso, perdemos la calma, el control y a veces nos volvemos hasta violentos. ¡Qué lástima que no sepamos imitar a Jesús de Nazaret! a quien nada le inquietaba, a quien nada le angustiaba, porque a todos comprendía, a todos disculpaba, a nadie juzgaba, ante todos se excusaba...


¿Es nuestra vida un sendero de paz, de comprensión, de tolerancia? ¿De saber que somos desiguales, de ser conscientes, de saber que algunos necesitan más que otros... Afecto, amor, comprensión...? ¿O simplemente vamos a lo nuestro a nuestra inmediatez, a considerar que nuestro problema es único...? ¿Sabemos dialogar, comunicarnos, establecer puentes de relación y de paz con los demás? ¿O quizá solamente miramos en nuestro estrecho alrededor buscando si algo de nuestro propio ego se ha desmoronado?


Vivir para los demás es comenzar a vivir, servir a los demás es alegría. Cerrarse al mundo, ignorar a los demás es morir lentamente y es la forma más mezquina y ruin de las muertes.


El divorcio no es un problema, es algo tan simple como el egoísmo más extremo llevado a su máximo parangón. Abandonar a un amigo, a un hermano, a un hijo, a la pareja, a los padres, a cualquier persona es la máxima expresión del miedo y del egoísmo más patológico y de la obsesión más malsana y enfermiza. Hoy que se practica según ley el “divorcio exprés” como un avance social, puedo afirmar y determinar que hemos llegado al fondo del saco de la civilización, al lugar más recóndito y hediondo de la relación humana. Lástima que tantos que propugnan la ética política y la revolución social no reclamen también el compromiso, el amor a ultranza, la confianza, la lealtad, la nobleza, la austeridad y el respeto hacia la persona como esencia y objetivo del humanismo. El egoísmo es tan fuerte que ciega cualquier otra virtud y así caminamos desde ningún lugar hacia un mundo sin rumbo y sin ningún sentido, vació y carente de interpretación.


Jesús Gil Benítez.