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jueves 21 de abril de 2011

GUERRAS, MUERTE, DESAMOR...

Es tanto lo que se ha hablado y dicho de las guerras, que pareciera que nada más se puede añadir y sin embargo creo firmemente que sobre este tema no se debiera dejar de hablar ni un solo instante hasta su total abolición y extinción, pues en definitiva no es ni más ni menos que asesinar a miles de seres humanos “legalmente”. Es por tanto la máxima expresión del odio y del desamor. Decía el cónsul y filósofo romano, Marco Tulio Cicerón, que la fuerza es el derecho de las bestias. ¡Que precisa y acertada aseveración!


Desde un punto de vista filosófico: Se entiende que la guerra no es necesariamente ilícita. Existe el derecho de autodefensa o de legítima defensa contra el enemigo exterior cuando ataca injustamente a un pueblo. Si se niega este derecho de legítima defensa se robustece al agresor y se pone en peligro la paz de los pueblos. Sin embargo para que una guerra pueda tener una licitud ética, existen una serie de condicionantes: Que haya una injusticia real, verdadera y de gravedad, imposibilidad de defenderse por vía pacífica, perspectiva y esperanza de éxito final, que se pueda evitar un perjuicio a terceros inocentes. No obstante yo tampoco creo en esta definición filosófica, yo que soy un vehemente devoto del amor, nunca justificaré el uso de la fuerza ni del dolor. La guerra no es otra cosa que sustituir el derecho por la fuerza y la barbarie.


Y así desde conceptos y referencias socialmente aceptadas se justifica una guerra y se manejan conceptos como: Guerra justa, guerra santa, filosofía de la guerra, convención de Ginebra, males necesarios, el menor de los males, coalición, pactos… y la barbarie se justifica una y mil veces por el poder, por los dirigentes, por los asesinos que incitan, provocan y degustan una guerra. El filósofo existencialista francés Jean Paul Sartre, lo definió con gran acierto: Cuando los ricos hacen la guerra, son los pobres los que mueren. Y el gran humanista, filósofo y teólogo holandés Erasmo de Róterdam lo puntualizó, casi 500 años antes con una excelente precisión: No hay nada más perverso, más desastroso, más ampliamente destructivo, más profundamente pertinaz, más detestable y en suma más indigno al hombre que la guerra.


Hace 62 años, el 6 de agosto de 1945, el bombardero Enola Gay soltó una bomba sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. Estalló encima del centro y creó una enorme bola de fuego tan caliente como el sol. En el punto de impacto causó una destrucción total y en un radio de tres kilómetros calcinó todo cuanto encontró la onda expansiva, quedando como un desierto humeante. La explosión generó vientos de mil quinientos kilómetros por hora que arrastraron a miles de personas y los estrellaron contra edificios. Cuando los incendios se apagaron, quedó un desierto quemado y miles de cadáveres. Muchos se vaporizaron. Luego, llegó la lluvia negra de polvo radiactivo. Después se repitió la experiencia sobre Nagasaki. Cinco meses después el saldo era de 290.000 muertos entre Hiroshima y Nagasaki, el 99% población civil.


Por citar tan sólo algunos datos de las guerras modernas señalaré que el número de muertos en la 2º guerra de Irak ascendió a 655.000 iraquíes, el de norteamericanos en la misma guerra superó los 3.000. En la guerra de Uganda de 20 años de duración uno de cada cuatro niños perdió a su padre o a su madre. La guerra más sangrienta por el número de muertos fue, con mucho, la Segunda guerra mundial con sus más de 50 millones de muertos. La guerra civil con mayor número de muertos, se produjo en la China de la dinastía Qing y es conocida como Rebelión Taiping . Se libró desde 1851 a 1864 las muertes pudieron oscilar entre los 20 y los 30 millones de personas. En la guerra de la triple alianza 1870 (Brasil, Uruguay y Argentina contra Paraguay) pasó la población paraguaya de de 1.400.000 a 220.000 habitantes; quedando sólo unos 30,000 varones en edad reproductiva. 8 millones fueron los muertos de la primera guerra mundial. En todas las guerras ocurridas en el mundo entre 1996 y 2006 el número de niños muertos ascendió a 2.500.000. Son tan sólo algunos datos para no olvidar los horrores de la guerra; por no citar los refugiados, exiliados, hogares abandonados, familias deshechas y un larguísimo etcétera. Aun se siguen considerando operaciones militares legítimas los bombardeos indiscriminados sobre población civil, tal y como ocurrió en Camboya, Vietnam, Filipinas, Timor Oriental, Chechenia, Palestina… ¡Ah! curiosamente a los miles de víctimas civiles se les consideran “daños colaterales a la operación militar”


El tráfico “legal” de armas, continúa siendo un gran negocio para muchos, y mientras se celebran incesantes conferencias de paz, África compra el 7% de la producción mundial de armas pesadas. EEUU exporta el 30% del comercio mundial de armas. España ocupa el 8º lugar del mundo, en venta de armas, nuestros principales compradores son: Noruega, Chile, Malasia, Argelia, Mauritania, Ruanda, Venezuela, Colombia, Brasil y Libia, por cierto este último país adquirió durante 2010 armas por valor de 7 millones de euros. A pesar de la crisis mundial el comercio de armas aumentó entre 2006 y 2010 en un 25%


En España la investigación y desarrollo militar se mantiene en cifras próximas a los 1.500 millones de euros anuales, esta cantidad representa el doble de lo asignado a Investigación Científica, cinco veces más de lo dedicado a Investigación Sanitaria, 20 veces lo que recibirá la Investigación Agrícola y superará las 300 veces lo destinado a Investigación Educativa. Queda claro por tanto cuales son los intereses de nuestros políticos, no el desarrollo de nuevas energías renovables o alternativas, ni la gestión del agua, ni los programas para erradicar el fracaso escolar, ni las universidades, ni la ciencia, ni tan siquiera la sanidad o la salud pública, lo que les interesa es desarrollar proyectos militares y armamentísticos, quizá para complacencia de los propios militares, quizá para la complacencia de la industria mundial de las armas y de los propios Estados Unidos.


Resulta increíble, aun hoy en día ver desfiles militares y que al ritmo de música exhiban las armas y maquinas con las que matan, y aun nos parece bonito. Desfiles que presiden los más altos prebostes de la nación, encabezados por el gobierno. ¿Es posible que hayamos caído tan bajo?


Jesús Gil Benítez